Pequeño ensayo sobre dos sentimientos estivales

Verano, 37º a la sombra, o sea, en cualquier rincón de la casa. Primeras horas de la tarde luego del almuerzo, y una reiterada sensación de sinsentido. Esplín parece ser la palabra que mejor describe este sentimiento que invade los mediodías, y que produce en mí una pérdida de la razón de ser o existir. Para qué es la pregunta que aplica a todo, icluso a vivir.
Afuera, el sol cayendo a plomo sobre el jardín que pierde todo su encanto. El pasto que ayer era vivaz, ahora es una vieja alfombra gastada. Seco, con poca vida.
Los archivos se abren y se cierran en la pantalla de la computadora sin capitalizar ningún avance en los trabajos. Dos o tres páginas, y la pérdida de concentración que provoca el volver a dejar el libro de turno en la mesita de luz.
El equipo de música arroja acordes carentes de la magia que sé que me provocan, para llegar a convertirse en sonidos sin ton ni son, casi ruido de fondo.
Sentimientos que gobiernan buena parte del lapso comprendido entre las catorce y diecisiete horas. Dos a tres horas de muchos días de verano. Mucho tiempo perdido (¿perdido?), gracias a una sensación ingobernable, que roza lo depresivo.
Momento en el cual la vida se asemeja a una especie de cárcel, que a diferencia de aquellas que tienen paredes y barrotes, sospecho que no tiene un exterior. No hay un adentro y afuera, solo sirve el esperar… paciente, convencido de que todo pasa.
Nada más equivocado que el cuestionar este momento con pensamientos tales como: “estoy perdiendo el tiempo”. ¿Perdiendo qué tiempo? ¿un tiempo productivo? ¿productivo para qué?

Solo sirve esperar…y dejar que pasen las horas. Luego llegará el otro tiempo.

Verano del mismo día, de los mismos días. Sólo unas horas más tarde. Apenas cuatro horas después. Atardecer con un cielo profundo, de colores tenues pero muy luminosos. Casi encendidos, por contraste con las siluetas cada vez más negras de los árboles. La luz ambiente permite aún apreciar el verde vívido del pasto luego de haberlo regado. El olor a mojado es refrescante. Apenas cuatro horas después, y todo cobra sentido. El rito del vaso de whisky y la música sonando fuerte completan la escena, que pese a repetirse tarde tras tarde, tiene el poder de transportarme a donde yo esté dispuesto a ir. Viajes en el tiempo y en los sentimientos. Ahora los acordes de la guitarra de Gilmour o la dulce vos de Anderson obran milagros. Y siempre fué así, ¿por qué dejarme engañar por ese espejismo del mediodía?

Ritual que se prolonga hasta la aparición de las primeras estrellas, y el encendido de los faroles.

Casi un ciclo diario que gira desde el sinsentido, donde nada importa ni conmueve a la profunda sensación de que cada cambio en el tono de ese cielo crepuscular encendido justifica la existencia toda.

El sol en el zenit solo permite pensar en deudas, trámites y complicaciones. El fin del día hace que todo eso pierda total relevancia. La vida es otra cosa. Dualidades que no son ajenas a mi. Cambia el paisaje, pero la psiquis es la que construye y destruye.

Dos extremos separados por horas. Dos caras de la misma mente jugando a ser Dr jeckill & Mr. Hide.

2001

Se quemaba el país. De la Rua se escapaba en helicóptero. Nueva modalidad de protesta, los cacerolazos. Cuatro presidentes en menos de veinte días.
Quizás el último de los muchos golpes externos que, junto a cuestiones personales, me llevaron a dejar la práctica profesional del diseño, luego de largos quince años de estudio propio.
Desde el proyecto que venía empujando y buscando el lugar que luego encontró merecidamente, redargenta (en aquel momento Commtools), surgió una idea.
Y las ideas son el inicio de todo. Ir en contra del momento y hacer un enorme almanaque parecía una idea ridícula. Pensar en una pieza gráfica de unos treinta centímetros de alto por metro de largo era más ridículo aún. Realizar esa pieza en serigrafía a cinco colores sobre una papel que no podía bajar de los doscientos cuarenta gramos, rozaba la locura. Al menos en aquel momento donde todos los días cerraba sus puertas algún proveedor gráfico.
La serigrafía se logró gracias a que Covey, nuestro proveedor en aquel entonces, entendió las ventajas de realizar una pieza promocional en conjunto. Las tintas elegidas fueron todas seleccionadas por su baja utilidad en los trabajos habituales. El papel; ¡Ese si que era un problema! La solución: utilizar papel de descarte de una imprenta offset amiga. Si, ese papel que pasa miles de veces por los rodillos, ya que se lo utiliza para descargar de tinta a la máquina. Un papel que aparentemente es inusable, pero que con una gran textura cubritiva de tinta plata dada como primer mano serigráfica y utilizada como base para todo lo que venía luego, lograba una personalidad especial. Una pieza gráfica enmarcada (los bordes que la textura plata adrede no ocultaba) por una textura de múltiples manchas de tinta superpuestas.

Ahora lo que faltaba era la idea. Y que mejor que crear una máquina, “la máquina de hacer ideas” Era un momento en que el ingenio iba a tener que ganar un espacio preponderante. Surgio la idea de crear esta máquina dividida en seis partes. Seis colaboraciones de seis ilustradores que crearon un sexto de esa máquina cada uno sin saber que estaría haciendo el otro. Con eso cerraríamos los conceptos de “nada nos detiene” y cooperativismo con que había nacido la idea.

Eugenia Nobati, Mirian Luchetto, Marcelo Neira, Augusto Costhanzo, Hernán Cañellas y Mario Franco trabajaron con una única guia que ordenaba el inicio y el fin de su sector, el pro de poder ensamblar luego cada ilustración con la anterior y la siguiente.

Podría cometer un pequeño y sutil engaño diciendo que todo fue un éxito y que el impacto causado superó toda expectativa, pero no suelo llevarme bien con esas mentiras (aunque menores y casi piadosas). La realidad es que un problema técnico en la impresión complicó la producción y finalmente, pese a haberse realizado la impresión, los almanaques nunca se pudieron distribuir. El final en nada cambia la historia y la anécdota. El trabajo en equipo existió y fue un éxito. Quizás el punto más significativo de una modalidad de trabajo colaborativo que luego fue sanamente recuperada por varios excelentes productos editoriales de nuestro mercado específico: el diseño.

Mejor significa ser superior a otra cosa

Desde hace un breve tiempo, el sitio Foroalfa incorporó un espacio de debate denominado Mejor o peor, lo cual evidencia un cambio de actitud.
Hasta aquí estábamos frente a un espacio abierto, donde la aparente única barrera para participar era superar una suerte de curación.
Esto hacía de FA un sitio sin una opinión propia, al margen de que las opiniones de sus organizadores sean conocidas dentro del ámbito del diseño.
El inaugurar un espacio para comparar rediseños de marcas de importantes empresas, tales los casos de Pepsi y Audi (ambas ya pasaron por esta suerte de evaluación de mejor o peor), obliga a pensar que FA asume una postura concreta frente al diseño.
Y esta posición, para nada menor, es la de sostener que un cambio de identidad puede ser evaluado por otros diseñadores, pese a que estos no hayan estado involucrados en el proceso de diseño.
Una vez más, estamos frente a una situación que nos dirige en forma directa a reformularnos la ya muy remanida, aunque no por eso dilucidada, pregunta de: ¿qué es el diseño?

¿Realmente creemos que los cambios formales en los cuatro anillos entrelazados de Audi o el cambio operado en su tipografía es el principal aporte del diseñador, y que esas modificaciones son de vital importancia para la empresa?
Esos cambios son los únicos visibles a los ojos de cualquier diseñador que sin embargo, se considera en condiciones de juzgar si este resultado formal es mejor o peor que la gráfica anterior.

¿Se le ocurriría a un cirujano opinar categóricamente a cerca de una operación realizada por un colega tan sólo apreciando la herida externa?

Cuando hablamos de identidad corporativa o branding, ¿nos estamos limitando a cuestiones formales?
De no sea así, si realmente somos parte importante de la construcción de una identidad, y no simples embellecedores de la forma, entonces:
¿Cómo nos atrevemos a juzgar si algo es mejor o peor?

Bienvenidos a la utopía

La palabra Utopía nace en el año 1516 cuando su creador la utiliza para titular su obra literaria más famosa, que describe un estado ideal. Tomas Moro inventa este vocablo compuesto por las palabras griegas U: no y Topos: lugar. O sea, no lugar, lugar que no existe, como nombre de un estado democrático situado en una isla, donde entre otras cualidades no existe la propiedad privada ni diferencias de clases sociales, se trabaja seis horas al día utilizando el resto para cultivar el espíritu y existe una total tolerancia religiosa. Quizás una fuente de inspiración para intentos concretos de utopías como ser el marxismo y el comunismo, quienes luego lo reconocieron como antecesor.
Ideas muy revolucionarias producto de una mente que desafió su época y que pese a ser un fiel colaborador de Enrique VIII, terminó decapitado luego de un ridículo proceso. A partir de Moro la palabra Utopía se sumo al léxico, siendo utilizada para describir obras posteriores y antecesoras a la suya, como ser La República de Platón, La ciudad de Sol de Campanella, Un mundo feliz de Huxley o la terrorífica 1984 de Orwell. El hecho es que la palabra utopía quedó signada de una connotación negativa. Pareciese que su significado refiriese a aquellos emprendimientos ajenos a la realidad que nunca van a poder llevarse a cabo, pergeniados por gente ingenua o soñadora. No creo que ese haya sido el significado que le quizo atribuír Moro, ni que Platón se sienta contento con darle esa connotación a La República.
Estoy convencido de que las utopías son posibles y eso es lo que da esperanzas al hombre. Toda mi vida me nutrí de ese conocimiento. Me atrajeron tanto las novelas como las personalidades que intentaron ir más allá. Hasta aquellas que por sus métodos puedan ser cuestionadas, caso Che Guevara.
Desde Platón, pasando por la inspiradora muerte de Sócrates, Tomás Moro, Espartaco y otra Ciudad del Sol, los hippies poéticamente retratados en Hair, Cristo… cuántas utopías ignoradas. 1984, Un Mundo feliz, The Wall, Fahrenheit 451, Yes y su The Gates of Delirium…cuántos mensajes holocuásticos no escuchados.
¿Es el destino de la humanidad transitar un camino del cual no puede escapar?
Aunque no comparta las definiciones que aparecen en algunos diccionarios, donde utopía llega a ser sinónimo de sueño irrealizable, sólo propio de aquello que pierden foco y se sumergen en una fantasía, no puedo ignorar que mi camino no parece encausarse hacia la realización de un cambio colectivo. A esta altura de mi vida, creo que la utopía radica en el cambio de uno mismo, y eso ya no es poco. Lucho contra fuerzas externas e internas muy perseverantes y fuertemente arraigadas. Cambiar es mi utopía, y respetando la definición de Tomas Moro, estoy hablando de un lugar que hoy no existe; no, que no pueda existir. De mi depende.