2001

Se quemaba el país. De la Rua se escapaba en helicóptero. Nueva modalidad de protesta, los cacerolazos. Cuatro presidentes en menos de veinte días.
Quizás el último de los muchos golpes externos que, junto a cuestiones personales, me llevaron a dejar la práctica profesional del diseño, luego de largos quince años de estudio propio.
Desde el proyecto que venía empujando y buscando el lugar que luego encontró merecidamente, redargenta (en aquel momento Commtools), surgió una idea.
Y las ideas son el inicio de todo. Ir en contra del momento y hacer un enorme almanaque parecía una idea ridícula. Pensar en una pieza gráfica de unos treinta centímetros de alto por metro de largo era más ridículo aún. Realizar esa pieza en serigrafía a cinco colores sobre una papel que no podía bajar de los doscientos cuarenta gramos, rozaba la locura. Al menos en aquel momento donde todos los días cerraba sus puertas algún proveedor gráfico.
La serigrafía se logró gracias a que Covey, nuestro proveedor en aquel entonces, entendió las ventajas de realizar una pieza promocional en conjunto. Las tintas elegidas fueron todas seleccionadas por su baja utilidad en los trabajos habituales. El papel; ¡Ese si que era un problema! La solución: utilizar papel de descarte de una imprenta offset amiga. Si, ese papel que pasa miles de veces por los rodillos, ya que se lo utiliza para descargar de tinta a la máquina. Un papel que aparentemente es inusable, pero que con una gran textura cubritiva de tinta plata dada como primer mano serigráfica y utilizada como base para todo lo que venía luego, lograba una personalidad especial. Una pieza gráfica enmarcada (los bordes que la textura plata adrede no ocultaba) por una textura de múltiples manchas de tinta superpuestas.

Ahora lo que faltaba era la idea. Y que mejor que crear una máquina, “la máquina de hacer ideas” Era un momento en que el ingenio iba a tener que ganar un espacio preponderante. Surgio la idea de crear esta máquina dividida en seis partes. Seis colaboraciones de seis ilustradores que crearon un sexto de esa máquina cada uno sin saber que estaría haciendo el otro. Con eso cerraríamos los conceptos de “nada nos detiene” y cooperativismo con que había nacido la idea.

Eugenia Nobati, Mirian Luchetto, Marcelo Neira, Augusto Costhanzo, Hernán Cañellas y Mario Franco trabajaron con una única guia que ordenaba el inicio y el fin de su sector, el pro de poder ensamblar luego cada ilustración con la anterior y la siguiente.

Podría cometer un pequeño y sutil engaño diciendo que todo fue un éxito y que el impacto causado superó toda expectativa, pero no suelo llevarme bien con esas mentiras (aunque menores y casi piadosas). La realidad es que un problema técnico en la impresión complicó la producción y finalmente, pese a haberse realizado la impresión, los almanaques nunca se pudieron distribuir. El final en nada cambia la historia y la anécdota. El trabajo en equipo existió y fue un éxito. Quizás el punto más significativo de una modalidad de trabajo colaborativo que luego fue sanamente recuperada por varios excelentes productos editoriales de nuestro mercado específico: el diseño.

Mejor significa ser superior a otra cosa

Desde hace un breve tiempo, el sitio Foroalfa incorporó un espacio de debate denominado Mejor o peor, lo cual evidencia un cambio de actitud.
Hasta aquí estábamos frente a un espacio abierto, donde la aparente única barrera para participar era superar una suerte de curación.
Esto hacía de FA un sitio sin una opinión propia, al margen de que las opiniones de sus organizadores sean conocidas dentro del ámbito del diseño.
El inaugurar un espacio para comparar rediseños de marcas de importantes empresas, tales los casos de Pepsi y Audi (ambas ya pasaron por esta suerte de evaluación de mejor o peor), obliga a pensar que FA asume una postura concreta frente al diseño.
Y esta posición, para nada menor, es la de sostener que un cambio de identidad puede ser evaluado por otros diseñadores, pese a que estos no hayan estado involucrados en el proceso de diseño.
Una vez más, estamos frente a una situación que nos dirige en forma directa a reformularnos la ya muy remanida, aunque no por eso dilucidada, pregunta de: ¿qué es el diseño?

¿Realmente creemos que los cambios formales en los cuatro anillos entrelazados de Audi o el cambio operado en su tipografía es el principal aporte del diseñador, y que esas modificaciones son de vital importancia para la empresa?
Esos cambios son los únicos visibles a los ojos de cualquier diseñador que sin embargo, se considera en condiciones de juzgar si este resultado formal es mejor o peor que la gráfica anterior.

¿Se le ocurriría a un cirujano opinar categóricamente a cerca de una operación realizada por un colega tan sólo apreciando la herida externa?

Cuando hablamos de identidad corporativa o branding, ¿nos estamos limitando a cuestiones formales?
De no sea así, si realmente somos parte importante de la construcción de una identidad, y no simples embellecedores de la forma, entonces:
¿Cómo nos atrevemos a juzgar si algo es mejor o peor?